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Durante las relaciones fronterizas entre españoles y mapuche se levantaron una serie de instituciones y agentes que facilitaron los intercambios comerciales, acuerdos políticos, económicos y territoriales. Entre ellos destaca el rol de los Parlamentos o koyagtun, una de las históricas vías que hasta la actualidad los/as dirigentes mapuche han resaltado por su carácter diplomático y por los lazos interculturales que se produjeron, es decir, relaciones de simetría que eran posible observar principalmente entre los/as mapuche y el campesinado.

La resistencia que opusieron los mapuche ante el violento intento de dominación de los colonizadores españoles en el periodo colonial provocó que el mapa de ambas naciones se delineara de forma oficial: ambas partes consideraban como región mapuche la parte sur de la zona central de Chile, la cual era delimitada por el río Maule por el norte y por el río Bío-Bío en el sur.

De acuerdo a las investigaciones de diversos historiadores como Foerster (1998) y Jose Manuel Zabala (2001), en este contexto la corona española no tuvo otra opción que relacionarse de manera diplomática con los mapuche. De este modo surgieron las relaciones fronterizas sostenidas por intercambios, conflictos y alianzas marcadas por el afán de controlar la tierra, procurarse productos agrícolas y contar con aliados en las guerras intertribales, sobre todo en el caso de los pehuenches.

Una de las características más importantes de este proceso, según Zabala, es que a pesar de aún mantener intereses de dominar a los mapuche, surgieron instituciones de los dispositivos fronterizos que no podían imponerse unidireccionalmente a este pueblo, pues la sociedad colonial no era capaz de ejercer el control político y espacial sobre el territorio de éstos.  En esta línea, una de las instituciones más relevantes en este proceso fueron los Parlamentos, los cuales, para el investigador, fueron un ejemplo de la adaptación de la corona española al mundo indígena, pues “en términos rituales, lingüísticos y políticos, el parlamento tiende a acercarse más de la lógica mapuche que de la lógica europea de la negociación”.

El científico francés Claudio Gay a mediados del siglo XIX recogió en sus viajes por el Wallmapu su testimonio sobre estos encuentros.

“Estos tratados se realizan en una especie de congreso, que los chilenos llaman parlamento y los araucanos, coyagh buta-cahuin o huinca-cahuin, huenpin, etc. Se efectuaban sin solemnidad en la provincia de Valdivia, hasta Imperial, pero al norte de este río, vale decir en la Araucanía propiamente dicha, asistían casi siempre el gobernador y el obispo con una numerosa comitiva, lo que daba lugar a grandes ceremonias, con hasta 12.000 personas asistentes (…) El primero fue realizado en 1641 en Quilín, cerca del río Imperial, bajo la presidencia del marqués de Baydes, más de 12.000 indios participaron en este. Inspirado por los jesuitas, a quienes el gobernador tenía gran veneración, este parlamento es considerado un acontecimiento revolucionario en el destino de esta lucha interminable. Desde esa época se han renovado con frecuencia, ya sea por la conclusión de una guerra, ya sea –y es lo que ocurre más a menudo- para consolidar la paz y volver a jurar los tratados existentes.”

Con respecto a los temas abordados en estas ceremonias, la académica Stefanie Pacheco-Pailahual asegura que en ellas se “entregaron elementos de plurilingüismo y respeto en asuntos diplomáticos que no fue solo para llegar a acuerdos con respecto a fronteras, sino que también en términos jurídicos y técnicos en asuntos como procesos económicos, suministros, circulación de bienes y servicios, o incluso, decidir hasta qué punto podían ingresar las misiones católicas”.

En este sentido, para el profesor Miguel Melín, las relaciones que se dieron fueron significativas para ambas naciones.

“La lectura que hicieron al recurrir a este tipo de intercambios fue que encontraron algo positivo en ello, es más, al incorporar el caballo en la cultura mapuche, que hoy es parte de las ceremonias, da cuenta que no fue un mero intercambio, hubo algo simbólico”, señala el profesor.

Tal perspectiva es compartida por la académica Pacheco-Pailahual, quien agrega que estas acciones tuvieron resultados en cuanto a las relaciones interculturales. “Prueba de ello es la integración del mapuzugun en la sociedad chilena que aunque haya sido estratégico, trascendentales políticos de la época lo usaban, y por otra parte, importantes personalidades fueran padrinos de hijos d e longko en el siglo XIX. Eso habla de que había una relación, aunque sea política, que debe haber trascendido de alguna manera a lo emocional y real”, sostiene.

Asimismo, la académica resalta las relaciones de los/as mapuche con el campesinado principalmente, donde se generaron “relaciones mucho más simétricas”.

“Por supuesto habían intereses, pero al menos entre el bajo pueblo chileno y pueblo mapuche hubieron buenas relaciones de reciprocidad al alero de relaciones humanas que se sostienen en encuentros económicos y de conocimientos”.

Tales antecedentes, en suma con otros elementos como los de la estética, permiten entrever, según Pacheco-Pailahual que “ahí no se miraba al mapuche de manera despectiva y con desprecio como se ve a principios del siglo XX o ahora”.

Según el investigador Foerster (1998), en la actualidad política, los parlamentos resultan de crucial relevancia para los líderes e intelectuales mapuche, pues, además de ser una evidencia de haber sido reconocidos como una nación en un pasado, contiene un posible valor jurídico ante tratados internacionales.

“Efectivamente es un antecedente que no se puede ignorar porque tiene un contexto histórico distinto, pero el gesto de sentarse de par a par no se ha considerado, se han hecho cosas mal pensadas con ciertos errores no solo de parte de políticos, sino que también al trabajar solo con un sector y seguir con políticas asimilacionistas. Hay un montón de otros gestos que son bastantes nefastos para construir un diálogo”, sostuvo la académica Pacheco-Pailahual.

Escrito por: Isadora Huaiquilao